Retiro de Oscuridad, experiencia

En el vientre de la madre cósmica

Foto: Kathy von Korff www.rasayana.org

El despertar de la Luz Interior

Hace muchos años que oí hablar del retiro de oscuridad. En concreto en 1998, cuando traduje el libro de Jasmuheen: “Vivir de Luz”. Eso de estar varios días o semanas en completa oscuridad y sin estímulos externos se me hacía difícil de imaginar y más, cuando mi experiencia personal de alimentación pránica justo en ese momento de mi vida estaba muy relacionada con la luz del día y el sol.

Tuvieron que pasar unos 18 años antes de que algo en mí decidiera que había llegado el momento de hacerlo. Justo un año antes había oído hablar a una mujer en Alemania de que había sido una experiencia increíble y un punto de inflexión en su vida. Investigando vi que había varios sitios donde el retiro de oscuridad podía hacerse en solitario y personalizado. Hasta entonces siempre había oído de Jasmuheen y otros centros en Sudamérica, donde los ofrecen en grupo. Un retiro sola conmigo misma, acompañada a cierta distancia por una persona amorosa a quién podía o no contar mis experiencias agradables o desagradables era lo que quería hacer en ese momento. Lo supe enseguida. Y, ni siquiera tenía que viajar a Asia o Sudamérica.

A lo largo de ese año el tema del retiro de oscuridad volvía una y otra vez a mi cabeza y empecé a sentir como una nostalgia interna, como si ya lo hubiera vivido alguna vez. Me imaginaba en la oscuridad y experimentaba paz y serena alegría. Miré diferentes sitios, personas y precios. Al final me decidí por Gertrud, una especie de chamana celta/germana, muy franca y con mucho sentido del humor. Algo en mi interior me decía que con certeza ella sería la mejor persona para acompañarme en este primer retiro de oscuridad.

Como si fuera lo más normal del mundo, también me llegó el dinero para pagarlo.

Cuando llegó el momento, parecía que alguna resistencia mía subconsciente o algo… se hubiera confabulado con la naturaleza, y vientos huracanados casi no nos dejaron aterrizar en Berlín y al día siguiente todos los trenes de larga distancia, entre ellos el mío a Hamburgo, estaban parados por los destrozos ocasionados. Después de muchas peripecias, ¡fui con 4 personas más en taxi!

Y, con 6 horas de retraso, llegué a la meta deseada.

Gertrud me vino a buscar a la estación de su pueblo y me llevó su casa. Me ofreció un té y unas galletas para que me recuperara un poco. Después, a la luz de la linterna, me enseñó en el piso superior la habitación y el baño, que serían mi negro cobijo durante los próximos diez días y once noches. También a la tenue luz de la linterna me duché y, cuando ya hube recogido todo lo que no iba a necesitar, apagado y guardado el móvil, apagué también la linterna y la dejé en el rellano entre la habitación y el baño, igualmente oscuro por unas densas cortinas, donde Gertrud la pasaría a recoger más tarde. Con muchas ganas de desconectar de todo y el cansancio acumulado del día me entregué encantada a la oscuridad.

Después de dormir muchas horas, ni idea de cuántas…, me desperté muy tranquila y miré la oscuridad. Todo estaba negro, bueno, igual no tan negro y cada vez menos negro. Y no es que los ojos se acostumbraran y al final se vieran contornos. No, al no haber nada de luz, los ojos no reciben información del exterior. Se abre otra vía de información desde el interior.

Allí nace la luz interior.

Al cabo de unas horas, empecé a ver luces y colores y formas. Durante los siguientes dos días veía templos, cuevas, catacumbas… Algunos los había visto en esta vida en directo, como los de Angkor Wat, otros seguramente sólo estaban en mi subconsciente por experiencias vividas anteriormente, ya que, aunque me parecían conocidos, mi mente no lo veía así.

Los sueños se potencian en la oscuridad, al igual que los los sueños conscientes. Es toda una sensación saber que estás soñando y que puedes cambiar conscientemente el guión de ese sueño. También es más fácil recordarlos, ya que uno no despierta a la luz del día, sino que continúa en ese estado de duermevela durante muchas horas.

Foto: Nicola de la Aldea www.v0id.es

Con el paso de los días iban apareciendo más imágenes. A veces de grandes ciudades con muchos edificios, otras de bosques con grandes árboles, principalmente abetos de un verde oscuro. A medida que quería ver mejor los detalles, la imagen se “acercaba” a mí. Y cuando ya prácticamente la imagen había llegado a mí, se abría como un agujero negro, y entonces veía siempre la misma visión: algo así como una inmensa central energética, llena de suaves luces, que se movían de un lado a otro. Mi sensación era: estoy viendo detrás del telón de esta realidad, es la versión que me muestra mi mente de la energía oscura a partir de la cual se crea esta realidad, nuestra realidad tridimensional.

Había temido que aparecieran miedos subconscientes, por eso también me pareció bien tener el apoyo de Gertrud, pero no fue así.
Sí que aparecieron imágenes que podría haber sentido como amenazantes, pero como mi percepción era la de ser una simple observadora de la danza cósmica, que a través de las imágenes me enviaba información de mi interior, todo era interesante, emocionante y amoroso.

La verdad es me sentía protegida, cobijada en el vientre de la madre cósmica. Esa era exactamente mi sensación. Nada desagradable me podía pasar allí.

Al mismo tiempo, podía observar el cambio de mi percepción del cerebro derecho al izquierdo, y al revés. Cuando la mente se volvía fuerte, me decía: pero, ¿cómo puede ser que te hayas metido de nuevo en una situación así? Vamos, déjalo ya, abre la ventana y sal de la oscuridad. Recoge tus cosas y ve a casa tranquilamente a disfrutar del sol y la luz.
Tengo que decir que eso me pasaba una vez al día. Cada día, o al menos lo que para mí era la percepción del día a partir de la visita de Gertrud hacia las 11 de la mañana con su caldo caliente y su infusión.
En esos casos, mi mejor forma de distraer la mente era el ejercicio. Tenía una colchoneta de yoga y hacía mis ejercicios de yoga especialmente concentrada, ya que en la completa oscuridad, el equilibrio y las percepciones del espacio y la distancia son muy diferentes.
También ir al baño o a la ducha era un ejercicio de concentración y percepción, lo mismo que verter el caldo en el bol e, incluso, coger y dejar la botella de zumo o agua en la mesa.
Suelo tener un excelente sentido de la orientación, pero allí, en la oscuridad, tengo que admitir que llegué a ir en alguna ocasión en la dirección opuesta y que hay que hacerse una rutina de movimientos a partir de los objetos palpables en el camino, como una pared, una puerta, etc., activar los demás sentidos y hacer los movimientos a cámara lenta. También hay que ser muy ordenado para no perder la localización del cepillo de dientes o de la toalla. Por cierto, la ducha es un placer.

A veces, la luz era muy intensa. Con los ojos cerrados y abiertos, daba igual, era el mismo foco que me iluminaba desde algún lado. A veces eran como chorros de energía de color azulado que salían de mi interior por todo el cuerpo. Muchas experiencias se acumulan en diez días en los que uno casi solo medita, observa, contempla lo que su interior le muestra, porque desde el exterior no llega más que algún que otro sonido.

Allí descubrí que soy, sin espacio ni tiempo. Allí sentí la unión con el todo, el Uno, experimenté el amor incondicional y el agradecimiento infinito de poder ser consciente de mi realidad más allá de mi plano tridimensional.

La última noche casi no dormí, tampoco tenía necesidad, ya que estaba muy descansada. Una parte de mí sentía ganas de quedarse en el amoroso y protector vientre de la madre cósmica, la otra, sentía la necesidad de nacer como persona nueva a la luz de mi vida antigua para enriquecerla con las experiencias de estos días.
A una hora que me pareció el amanecer abrí la ventana por primera en diez días sin ponerme el denso pañuelo de terciopelo para taparme los ojos. Aún era de noche y vi las pocas luces en la calle del pueblo. Poco a poco fue saliendo el sol y mis ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz del amanecer. A medida que la luz del día iba en aumento, yo percibía todos los colores del jardín: verdes, rojos en todos sus matices, azules, amarillos… Los pájaros se despertaban y ofrecían sus cantos a la madre Tierra. La suave brisa matinal refrescaba la habitación y traía los olores y aromas de la naturaleza y la tierra. Era como si mis sentidos estuvieran mucho más despiertos y yo en una nube de sensaciones, que me envolvía a cámara lenta.

Volveré en breve.

 

Para más información sobre los retiros de oscuridad o para hacer uno, puedes contactar conmigo mediante la página de contacto,
por teléfono: 627721994,

por correo electr.: rasayanakathy(@)gmail.com

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